Un trocito de otoño...
Después que el sofocante calor durante las últimas semanas me haya sorprendido con el comienzo de estos frescos con esas nubes que adoptan formas y colores insospechados dentro del tablero en el horizonte, allí se colocan de un modo desordenado logrando armonizar con el resto de la Creación, encajando perfectamente con el engranaje que sustenta la vida.
Cada una de ellas, acepta ser y estar en ese espacio que por derecho le corresponde, en el que sólo caben ellas, sin codiciar el lugar de la otra.
He visto también a la amplia arboleda de ciruelos rojos que danzan a tenor de los aires, frente al porche de nuestra blanca cabañita; el viento les ha arrancado suspiros, parece que este extraño y entrometido tiempo otoñal dentro de un caluroso verano aún sin acabar las vuelve melancólicas. Hace mucho tiempo ya he comprobado que existen árboles que hasta desnudos se exhiben con gallardía; otros, en cambio, pareciera que temen mostrar sus vergüenzas y en vez de embellecerse con el colorido que regala la estación, se esconden para que no se vislumbren sus flaquezas, aunque uno a poco que sepa mirar les descubra enseguida los disfraces, en eso ostentan cierta similitud con los humanos.
Pero así transcurre una jornada más de intenso trabajo, de acabados que por momentos parecen inacabables en la que me encuentro a gusto con esta compañía que me brinda una soledad fundida con tranquilidad y distracción , con este vivir a solas con uno mismo, únicamente acompañado por el alma y por la infinitud.
Pero a medida que avanza la jornada este fresquito otoñal va cobrando protagonismo y a pesar de su intrusismo un tanto inadecuado por supuesto, no le temo.
Luego ya bien llegada la tardecita me siento en una de las cuatro sillas que circunda la mesa de bambú que se encuentra bajo el porche donde dejo descansar el transparente vidrio de una copa con ron, hielo y coca cola como colofón a una intensa jornada laboriosa para que de alguna manera den a mis articulaciones una tregua y se relajen.
Bueno en cierto modo estoy deseando que el invierno haga acto de presencia para tener la oportunidad de encender la barbacoa que construí, siempre me ha gustado este tiempito de esparcimiento con olor a fogata, esa humareda que brota de algunas carnes a cuenta de la lombarda chamuscada que la grasa que desprende sobre la leña.
Me gusta ese aroma de asadero o barbacoa cuando el termómetro apenas marca pocos grados. De esta manera lograré domeñar al frío, pese a las heladas y nieblas que comenzaran a pasearse. Espero tener un invierno apacible, aunque también barajo la posibilidad de refugiarme por días muy fríos en otras latitudes más cálidas para evitarle a mis articulaciones cargas innecesarias. De momento, aquí estoy y estaré por decisión propia y dispuesto a asumir las consecuencias que esta vida que he elegido me depare en mi cercana jubilación. Unas, claro, gustarán más que otras.