Últimamente vuela el tiempo con tanta rapidez en mi vida que apenas logro palpar los días y miren que soy yo muy de minutos. Si, de convertir cada instante en un acontecimiento para disfrute de lo más extraordinario, porque en esa holganza encuentro también provecho.
De hecho, creo que no hay tiempo más fructífero a estas alturas de mi sexagenaria vida ya, que el destinado a la vida y su contemplación como ese destilar de la lluvia observada desde el porche de mi cabaña, también el observar cómo se agita las ramas floridas de los almendros en flor o, esas ventoleras locas que regalan estos meses también locos en los que tan pronto llueven arenas desérticas en forma de calima como aguas torrenciales con ilógica puntualidad.
Recuerdo yo que en mis años de juventud y hasta hace escasamente muy poco no me gustaba el campo, no al menos con ese entusiasmo y vehemencia que hoy día le profeso. En cambio, en este tiempo y a mis años, me encanta el vivir en este aislamiento absoluto en medio de nadas que me llenan de todo y que ahora contemplo encandilado de tapizados de verdes y ansiados anhelos que guardo los confines más profundos de mi alma y corazón.
Vivir inmerso en medio de la naturaleza y justamente en mi pequeña cabaña que se encuentra a unos meses de su conclusión, lo considero un gran privilegio y un regalo generoso que esta vida me ha proporcionado.
Con una pequeña dosis de imaginación, desde ya, me puedo visualizar sumido en un planeado mundo de paseos, lecturas y escritos junto a mi esposa a la sombra de una completa tranquilidad apenas interrumpida por la siempre deseada visita de hijos y nietos.
Estar a solas con el silencio es algo que me nutre, acera mis sentidos y la percepción de la realidad, y en especial de lo bonito y agradable.
No habrá por tanto detalle, por insignificante que le pudiera parecer al resto de los mortales, que no destile belleza y entre hermosuras, a veces muy banales e insignificante, como lo es un simple asadero familiar de carnes a la brasa desperdigadas por una barbacoa repleta de cariño y que de alguna manera transcurran las benditas horas junto a la gente que quiero y nada o casi nada precisa mi corazón con más anhelo.
Presiento será una vida espiritualmente tan abundante que esa contemplación consumirá buena parte de mi tiempo de vejez y a veces provocará en mi tremendos éxtasis de regocijos.
Tanta maravilla llenará en mi, estoy seguro, un sosiego que en el resto del mundo me resultaría difícil de encontrar.
Por eso sé que algún día volveré a vivir definitivamente a mi barrio de La Lechuza, será algo así como " un merecido y reflexionado reposo del guerrero "... Si..., me impregnaré de una vida sustanciosa que en las grandes aglomeraciones o lugares más poblados de esta isla o del mundo no hallo y que la mayoría de las ocasiones me llegan a resultar ya muy anodinas e insípidas. Llegado el momento será ese bendito instante que me impregnaré de cómo las estaciones irán cada día sembrando su huella, engalanando los parajes con hermosura y dicha, dotando al vivir de una enjundia, que aún acicaladas, muy contrarias a esas aglomeraciones que me resultan insulsas, ruidosas y pestilentes.