domingo, 3 de julio de 2022

 Maitinada...


Algunos viernes o sábados me quedo a dormir en la cabaña que casi he terminado de construir para que me rinda el tiempo en las labores del huerto. A falta de  algunos retoques que parecieran no tener nunca fin, la voy poco a poco acomodando para que así los días de estancia en ella sean placenteros, apacibles y llenos del grandor de una imperturbabilidad deseada. 


Al amanecer miro a través de las cristaleras durante un buen rato; el día será largo y yo necesito aprovisionarme de esa belleza que circunda todo mi alrededor.


La luz de los primeros rayos de la mañana de este  extraño verano, impropio e inadecuado, va cubriendo de magia y ensueño mientras los verdes y amarillos compiten entre sí para exhibir lo mejor de sí mismos muy a pesar que el infame otoño haya invadido la estación veraniega de forma miserable y se crea que ya tiene ganada la partida. 


El silencio y la quietud de los campos y cercados cubiertos de escarcha a primera hora de la mañana acarician la luz de mis ojos mientras el sol juguetea con las hojas de los árboles que se mecen al compás de esta maitinada y brillen como esas escamas que adornan la superficie del mar cuando los rayos matinales juguetean en el agua. 


Los páramos  de la montaña Cobezo que tímidamente se unen en ese eterno e idílico abrazo con el barrio de Camaretas   se ondulan con suavidad y elegancia ignorando los vientos gélidos que ya corretean por sus airosas cumbres.


Siento que el destino ha decidido de improviso brindarme de esa recompensa que me merecía tras años de infames luchas, en las que me he pegado con todos y contra todo, pese a que me dijeran que no buscaba sino quimeras y que los sueños eran sólo momentos de evasión en los que uno se refugiaba cuando la realidad nos golpea con saña, cuando ya no se soporta más el dolor. 


Aun así, persistí en esta batalla mía, en crear un espacio o un lugar en el que pudiera aguarecerme de las lluvias tóxicas de este cada vez más loco mundo, crear un huequecito en este despótico y controvertido planeta que rueda y que por momentos se tambalea.


Todo lo tenía en contra cuando comencé en el huerto; Pese a las advertencias de profetas, quienes creen saber un poco de esto, salté al ruedo con valentía ;  A pesar de los vaticinios de los mal agoreros, el camino se me ensanchó y hasta el terreno parecíera más liso, más suave; fui olvidando aquellas advertencias e instalándome en una estancia más holgada, más amable en la que desde el principio siempre he creído muy firmemente.


En las noches en las que me he quedado a dormir ni un ruido ha perturbado mi reposo, sólo el rumor de las hojas y algún trino aislado. Y la verdad es que echaba de menos este silencio en el que los pensamientos se libran de estrecheces y abrazan cuanto hallan a su paso. Extrañaba el sosiego y la amplitud de los campos, cuyo fin jamás se atisba. Así, es fácil sentir la infinitud en la que uno habita esa eternidad que existe desde siempre y en la que moro y moraré, aún cuando cambien los ropajes y decorados; esa perennidad en la que sólo uno es lo que es, pese a ignorarlo. 


Espero, según transcurran los años, ir envolviéndome muchísimo más de esta paz y cachaza, de amor a la naturaleza, esposa Gladys, hijos, nietos y a mi mismo, a lo que soy, a lo que poseo. Entretanto, seguiré transitando por esos caminos dorados que, al atardecer, retienen el resplandor del día.


      ( Eulogio Vega, Julio, 2022)



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