La compasión sin rectitud es un peligro. Se convierte a veces en espacio en el que nos sentimos ahogados, silentes o heridos, y en consecuencia, muchas ocasiones mal parados.
Hay que saber decir “no” cuando algo es claramente “no”, sin rodeos, y por mucho que al corazón nos duela por ser muy allegados a uno como es el caso que inspira está entrada en mi blog.
Tenemos que aprender a decir "no" por encima del juicio que nuestra decisión provoque en nuestra compasión hacia los demás. De lo contrario la compasión puede ser un arma mortal, la herramienta eficaz por la que seremos pasto en las llamas de la manipulación.
La compasión que no sabe a dónde va puede llegar a convertirse en egoísmo en la otra persona. Tenemos que hacer ver sencillamente a esa persona, y sobre todo a nosotros mismos, que si bien el corazón puede ser enorme, no cabe la manipulación que recibimos como respuesta.
Esa compasión no nos puede convertir en reo de nuestras propias convicciones, aún siendo portador de promesas, reconocer el contenido de la misma y afrontarlo, dignifica, pero no podemos sucumbir ante la manipulación malversada a la que le importa muy poco nuestro juicio y nuestra conmiseración.
Nuestra alma debe sentirse libre, y bajo el paraguas de esa libertad decidirse rotundamente, y cuando es no, es no, por mucho que duela. O sí, si fuera el caso. Pero siempre debe ser un recodo en el que descanse nuestra libertad. La propia. Sin otra interpretación que importe. No es fácil la compasión en libertad, y sin embargo, estamos obligados a ella. Más que nada porque lo que necesitamos es llegar a nuestro lugar, a nuestro exacto lugar. El nuestro sin influencias de ningún tipo.
Y yo definitivamente quiero llegar, ahí mismo, al que es mi exacto lugar. Al lugar que yo exactamente soy, aunque me tiemble el pulso...aunque duela. Y a él me acerco...
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