Con el tiempo y los años he aprendido que erigirme en juez de lo ajeno, es muy arriesgado, pues nuestras infracciones se van pesar seguramente en la misma balanza en las que calibramos las del prójimo.
De ahí la importancia de la benevolencia, de no emplear la justicia para nuestros fines, si no más bien tratar de ejercitar el empatizamiento. No obstante y siendo honesto, en muchísimas ocasiones y de forma semi inconsciente me sorprendo evaluando y dictaminando situaciones con cierta mesura, aunque cierto es que trato de rectificar según me percato para no caer en ese "error" por llamarlo de alguna manera. Porque sabido es que es muy importante recordar que el mal sólo nos engendra mal lo mires como lo mires.
La prudencia y la paciencia son, según mi experiencia, en estos casos, las mejores consejeras: huyen de estruendos y algarabías y se atienen al bien, aun en las circunstancias más aciagas, aun cuando las injusticias arremetan contra uno sin piedad.
Rehuyo, por ello de bullangueros y fragorosos expertos en sembrar males y discordias, que encuentras en cualquier lado, sobre todo en las algarabías que erupcionan tras unas cuantas copas en las barras de los consabidos bares. Sin esas, que yo llamo diabluras del ser humano, el mundo sería un lugar más bello y armonioso.
Sólo aquellos que considero amigos, un par de ellos a lo sumo, escuchan sin juzgar y sin dar consejos si no son requeridos. Esa manía de la gente de ir regalando soluciones que ya uno no ha pedido me saca de quicio; las recomendaciones y supuestas soluciones pueden estropear un bonito momento o el equilibrio labrado a lo largo de una charla amena.
Sé que a veces esos consejeros vienen cargados de buenas intenciones, pero detesto propósitos que no hacen sino crisparme y dificultarme aún más el momento y son justo en instante que detesto también las buenas intenciones.
Esas respuestas no requeridas desvelan, por otra parte, información preciosa sobre cómo otros afrontan la adversidad; lo hacen con herramientas muy oxidadas por negligencia o desuso, pues muy poco sabemos de nosotros mismos.
Ponemos demasiado énfasis en resolver problemas ajenos, mientras dejamos que los propios se solucionen por sí mismos, sin mover un dedo, creyendo que el paso de tiempo obrará el milagro y lo dice alguien que cree en los milagros a pies juntillas, porque todo me lo pueden arrebatar, excepto la fe y la confianza en mí mismo.
Esos comentarios, en apariencia cabales, dinamitan esa esperanza a la que me aferro y que cuesta reconstruirla cuando los ánimos caminan más bien cabizbajos.
Así que procuraré callar si nadie solicita mi opinión y jamás diré o daré consejos que nunca me pidió.
No hay comentarios:
Publicar un comentario