Conforme paseo por entre estos días de primavera, surge ese azul poderoso, lleno de infancia. Una primavera infantil y soleada que a pesar que este extraño año hay días que el frío me hace confundir con una gélida estación invernal. Pero el calendario reafirma nuevamente la primavera.
Alzo mi mirada al cielo buscando ese azul infinito y su sonido de infancia que espolean mis recuerdos infantiles, mi alma que al unísono de una gran bocanada de aire que absorbe mis pulmones, deja de relamerse las viejas heridas del pasado y comienza a mirar fuera de sí misma. Todo pareciera que comienza a tener sentido a través de mi mirada de niño.
Por instantes todo se vuelve soledad y silencio. Aunque este cubierto de luz, y de risas, de genios, porque en aquellos tiempos los niños, a pesar de los días de frío primaveral en aquella época, seguían jugando en la calle. Sólo bastaba pararte y escuchar para oírlos.
Y es que sabías que después de la primavera, se volvería al mundo renovado con respecto al año anterior con una sed enorme por transcender ese inicio veraniego, las vacaciones escolares, las zambullidas en los estanques del barrio, el almibarado sentir de un cosquilleo en el estómago al ver la niña que causaba el primer revoloteo hormonal.
Aposentar y poder por fin descansar los ojos en el azul me hace evocar el ayer. Hoy día el final del verano ya no me trae aquellas angustias y tristezas del ayer, solo soy capaz de dar las gracias por la generosidad de la vida que me permite un año más.
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